La nueva batalla en el erotismo digital en España no se libra entre “más” o “menos desnudos”, sino entre modelos de carne y hueso y cuerpos dibujados por IA que, en muchos casos, ganan más y cuestan menos que sus equivalentes biológicos. La vanguardia está en un puñado de agencias barcelonesas y talentos televisivos que ya venden interacción erótica con avatares, mientras el retro se encuentra en el mismo modelo de estrella de tebeo que siempre ha vendido fantasía: cuerpos imposibles, identidad pulida y narrativa de “vida perfecta”, solo que ahora la perfección es totalmente editable y no necesita días de rodaje, ni pinchazos de botox.
El detonante: IA erótica como negocio estructural
La señal más clara de que esto no es un experimento de guionistas es el volumen de ingresos y la estructura de negocio que ya se ha construido en torno a las influencers de IA. En España, La Clueless Agency —con base en Barcelona— es una de las primeras proveedoras sistematizadas de modelos virtuales, con figuras como Aitana López, una influencer nacida en 1998, aficionada al fitness, a los videojuegos y a la comida saludable… y completamente generada por IA. Aitana cobra unos 1.000 euros por post en marcas, una fracción de lo que pediría un influencer real con similar alcance, y obtiene ingresos de tres vías: colaboraciones con marcas, contenido en OnlyFans y conversaciones privadas en Telegram, donde el acceso mensual se sitúa en torno a los 9,99 euros al mes.
El modelo de negocio se extiende a Fanvue, una plataforma similar a OnlyFans en la que se publica contenido de “mujeres” virtuales, muchas de ellas generadas por IA según la propia descripción de la plataforma. La estrategia de The Clueless es explícitamente económica: reducir costes para marcas “pequeñas y grandes” que quieren promocionar productos sin pagar el elevado presupuesto de shootings reales, con modelos reales, transporte, vestuario y producción. Esto no es marginal: el mercado de influencers virtuales generados por IA se mueve ya en torno a 4.600 millones de dólares a nivel global, con proyecciones de crecimiento del 26% en 2025, según estimaciones citadas por la propia industria.
En el terreno puramente erótico, la IA ya se ha instalado en OnlyFans y plataformas similares, donde algunas creadoras —incluso de peso en Instagram— utilizan modelos clones de sí mismas para generar desnudos artificiales y monetizarlos en páginas de pago. Un cofundador de The Clueless ha reconocido que trabaja con “influencers” que están ganando miles de euros generando fotos de su cuerpo con IA, lo que multiplica su capacidad de entregar contenido +18 sin riesgo físico, fatiga ni inestabilidad de imagen.
El eco cíclico: del cine X español a la hiperrealidad controlable
El fenómeno actual evoca el cine X de los años 80 y 90, cuando España se convirtió en uno de los grandes productores de pornografía europea, en parte por la baja regulación y la hiperespecialización de equipos técnicos y modelos en un nicho geográfico. La memoria de esto resurge en una nueva forma: el “porno español” ya no depende de localizaciones, luces, maquillaje y coordinación logística, sino de modelos entrenados vía Stable Diffusion, Midjourney y GPT, que luego se mantienen a través de prompts, bases de datos de estilo y workflows de postproducción.
En el fondo, la fórmula es la misma: vender fantasía a través de cuerpos que no necesitan existir “de verdad”, pero que sí han de parecerlo. La diferencia está en la superficie: la IA no solo reproduce ideales de belleza ya existentes, sino que los automatiza y los multiplica. La realidad analógica del porno de bajo coste se transforma en un flujo digital de cuerpos “híper normativos”, donde la talla, la piel, la pose, la iluminación y hasta la expresión facial se convierten en variables de diseño, no en accidentes de casting.
El tribalismo juvenil también regresa, esta vez en clave de generación Z: plataformas como TikTok y Telegram se convierten en los nuevos videoclubes clandestinos, donde la interacción con un avatar erótico se paga por suscripción y se mide en emotional labour automatizado. La escasez física de la estrella se remplaza por la escasez de atención: el hecho de saber que el avatar es ficticio dota de un plus de control y de seguridad a la audiencia, que puede fantasear sabiendo que nunca habrá un “encuentro real” con riesgo de desencuentro.
Las incógnitas: donde se rompe el espejismo
La tensión entre IA erótica y influencer real no se juega solo en el campo de la estética, sino en el de la regulación, la propiedad intelectual y la sostenibilidad económica. En España, el Código Penal empezó a tipificar en 2025 los deepfakes de contenido sexual y el grooming, convirtiendo en delito la difusión de imágenes hiperrealistas generadas sin consentimiento, una reforma que se ha ampliado en 2026 para incluir los deepfakes dentro de los delitos contra el honor y la intimidad. Esto plantea un límite claro: la misma tecnología que permite crear un avatar de Aitana o de Alba Renai puede ser usada para crear pornos no consentidos que ahora se consideran delito, con consecuencias penales y sanciones de la AEPD.
En paralelo, la propiedad intelectual se ha vuelto un campo de minas. La Ley de Propiedad Intelectual española solo reconoce como autor a una persona natural, lo que implica que un contenido generado al 100% por IA no tiene copyright por sí mismo. Esto abre un hueco enorme: si una marca compra un avatar generado por IA, ¿quién realmente controla su imagen, su voz, su geometría corporal? Y si la IA se entrena con miles de imágenes de actrices y modelos, ¿qué ocurre con los derechos de las obras que nutrieron el modelo? Las demandas internacionales en torno a la IA generativa evidencian que la industria aún navega a la deriva, con litigios que podrían reconfigurar el modelo de negocio en 12–36 meses.
Otra incógnita es la sostenibilidad del modelo económico. La economía de suscripciones de solo 7,50–9,99 euros al mes para contenido erótico de IA puede mantenerse mientras el coste de server y desarrollo de modelos sea bajo, pero si la regulación exige trazabilidad, verificación de edad, avisos de contenido de IA y controles de consentimiento, los márgenes se estrecharán. Además, la saturación de perfiles y cuerpos hiperrealistas puede generar fatiga de audiencia: cuando todo el mundo tiene acceso a un avatar de “talla M perfecta”, la exclusividad erótica se diluye y se vuelve más necesario un plus de storytelling, narrativa o experiencia interactiva de pago.
Impacto pragmático: dónde poner el dinero y dónde prestar atención
Para marcas y plataformas, el punto ciego más interesante es el segmento de influencer erótico automatizado que, a la vez, se vende como “seguro” y “controllable”. La IA permite a los anunciantes escalar campañas en entornos sensibles (fitness, moda lencería, gaming, apps de citas) sin el riesgo de escándalo de un influencer real, sin el problema de ausencia, sin contratos de exclusividad imposibles y con la posibilidad de adaptar la imagen a cada país, idioma y contexto cultural. Empresas que hoy gastan 130 millones de euros en influencer marketing en España podrían empezar a transferir una parte de ese presupuesto a modelos virtuales, no solo como prueba de concepto sino como canal estable de contenido +18 o contenido de alto riesgo reputacional.
Para el lector común, el impacto en 1–3 años pasa por tres capas: la primera es la normalización de la interacción erótica con avatares, que se venderá como “más segura” que la relación con influencers reales; la segunda es la mayor difusión de contenido no consentido, con el riesgo de que alguien de su entorno se vea arrastrado a un caso de deepfake sexual, hoy sancionado por ley; y la tercera es la reconfiguración de la propia idea de cuerpo deseable, que se basará cada vez más en parámetros de diseño que la IA puede replicar ilimitadamente, en lugar de en cuerpos reales con limitaciones físicas, edad y salud.
En el interior de la industria, las señales tangibles son claras: agencias de IA españolas ampliando plantillas hacia programadores de prompts, diseñadores de avatares y equipos de protección de datos; la entrada de grandes productoras de TV —como el caso de Alba Renai en Supervivientes— en el terreno de las presentadoras generadas por IA; y la aparición de nuevas herramientas de verificación de edad y marcado de contenido sintético que las leyes de IA de la UE obligan a integrar. Si esta combinación de inversión, regulación y tecnología se consolida, la frontera entre influencer real e influencer de IA en el erotismo no será una cuestión de estética, sino de transparencia, de derechos de imagen y de cuánto tiempo el mercado esté dispuesto a pagar menos por la ilusión de perfección.