Guía de la Erótica de los 70: Cuando el deseo dejó de ser un secreto y se convirtió en una industria millonaria
Estamos en febrero de 2026, en España. La distancia temporal nos permite mirar atrás con una mezcla de fascinación y cinismo, observando cómo aquellas cintas de celuloide granulado y aquellas revistas de papel áspero cambiaron para siempre la forma en la que entendemos la intimidad pública. No es solo nostalgia; es arqueología de nuestras propias libertades.
El aire en una sala de cine de Nueva York en 1972 no olía igual que ahora. Había una tensión eléctrica, una mezcla de humo de tabaco y vergüenza ajena, pero sobre todo, había curiosidad. La gente no estaba allí solo para ver cuerpos desnudos; eso ya se podía conseguir en callejones oscuros. Estaban allí porque el sexo acababa de recibir una invitación al baile de gala de la cultura pop.
La llamada «erótica de los 70» no fue simplemente un desfile de piel. Fue una guerra. Una batalla sucia, intelectual y tremendamente lucrativa sobre quién tenía el derecho a definir el deseo, qué demonios considerábamos arte y, lo más importante, quién se llevaba el dinero de esa supuesta «liberación». Durante esa década, el erotismo dejó de ser un susurro para convertirse en un producto de masas, y yo quiero llevaros a ese momento exacto en que la puerta se abrió de golpe.
El fenómeno Deep Throat y la maquinaria de los millones
Si queremos entender por qué los 70 fueron el Big Bang del porno, tenemos que hablar de dinero. De mucho dinero. La película Deep Throat (Garganta Profunda), estrenada en 1972, es el kilómetro cero de esta historia. No por su calidad cinematográfica, que dejaba bastante que desear, sino por lo que representó en la hoja de cálculo.

Imaginaos la escena: un presupuesto ridículo de unos 47.500 dólares. Un equipo de guerrilla rodando en Miami. Y de repente, el estallido. La película no se quedó en los circuitos marginales; llegó a recaudar una cifra estimada entre 30 y 50 millones de dólares. Haced el cálculo de la rentabilidad. Es una locura financiera que cualquier inversor de Wall Street envidiaría.
Pero lo más fascinante no fue la taquilla, sino el blanqueamiento del producto. Llegó a anunciarse en The New York Times. Eso sí, con un eufemismo victoriano: la llamaron simplemente «Throat» en el anuncio, recortando la parte «profunda» para no ofender a la burguesía del desayuno. Ese pequeño recorte en el título es la metáfora perfecta de la época: querían vender el escándalo, pero querían cobrarlo con cheque bancario. Fue el nacimiento del «porno chic». De repente, ir a ver una película X no era de pervertidos, era de gente moderna, de parejas que salían a cenar y luego se metían en el cine para ver de qué hablaba todo el mundo.
Dinamarca, la feria Sex 69 y el turismo del morbo
Mientras Estados Unidos jugaba al gato y al ratón con la moralidad, en el norte de Europa habían decidido quitarse la careta mucho antes. Dinamarca se convirtió en el laboratorio del mundo. En 1969, este país hizo algo inaudito: despenalizó la pornografía visual.
El resultado no fue el apocalipsis moral que predecían los conservadores, sino una feria comercial. Literalmente. La Sex 69 en Copenhague no fue una reunión clandestina en un sótano; fue un evento masivo que atrajo a decenas de miles de visitantes y a una legión de periodistas internacionales. Dinamarca se transformó en sinónimo de «sex & porn» a nivel global.
Lo curioso es lo que nos dicen los datos sobre la saturación. Un estudio sobre el cine danés y la literatura de la época nos muestra que, tras la legalización, hubo una «ola» inicial de imágenes, un tsunami de oferta. La impresión de libros eróticos tocó un techo de 1,4 millones de ejemplares en 1967, justo antes de que la imagen explícita se comiera al texto. Esto nos enseña una lección de mercado vital: el deseo es una materia prima que se desplaza. Cuando se legalizó la imagen, el libro erótico cayó porque la gente quería ver, no solo leer. El mercado no crea la demanda sexual, simplemente la canaliza hacia el formato más directo que la ley le permita.
Hustler contra la elegancia: la carrera por lo explícito
Si Playboy vendía la fantasía del soltero sofisticado que escuchaba jazz y bebía whisky, 1974 trajo el contrapunto brutal: Hustler. Aquí no había pretensiones de «lo hago por los artículos». Larry Flynt entendió que había un mercado enorme que no quería suavizantes.
La revista nació para competir en un ecosistema que se estaba volviendo despiadado. Las cifras de circulación eran mareantes para los estándares de hoy: el primer número lanzó 160.000 ejemplares, pero para 1983 ya movía 2,5 millones mensuales. Hustler apostó por ser más gráfico, más crudo, más «real» en un sentido casi fisiológico.
Esta escalada en lo explícito demostró que la «liberación cultural» tenía una doble cara. Por un lado, rompía la hipocresía; por otro, convertía el cuerpo (especialmente el femenino) en una mercancía que debía ser cada vez más impactante para seguir vendiendo. Era una carrera armamentística de la carne. ¿Era libertad o era simplemente una extracción de valor más agresiva? Esa pregunta sigue flotando hoy en el aire.
El Informe Hite y la sospecha de Foucault: ¿Liberación o control?
No todo ocurría en pantallas pegajosas o en páginas satinadas. La batalla también se libraba en las librerías «serias». En 1976, Shere Hite lanzó The Hite Report (El Informe Hite), y el mundo editorial tembló.
La BBC recoge que este libro vendió 50 millones de copias. Cincuenta millones. Eso no es un nicho, eso es una biblia. Hite puso la sexualidad femenina en el centro de la conversación mainstream, hablando de lo que las mujeres realmente sentían y hacían, no de lo que los hombres creían que hacían. Sin embargo, no se libró de la metralla. La Britannica y otros críticos atacaron su metodología estadística, acusándola de sesgada. Pero, sinceramente, a los 50 millones de compradores les importaba poco la desviación estándar; querían verse reflejados en un espejo que la cultura les había negado.
En la otra esquina del ring intelectual, un francés de mirada afilada llamado Michel Foucault publicaba en ese mismo 1976 el primer volumen de su Historia de la sexualidad. Foucault vino a aguar la fiesta de la «liberación». Su tesis era, y es, demoledora: hablar más de sexo no significa necesariamente ser más libres. Él sospechaba de esta «hipótesis represiva». Para Foucault, toda esta explosión de discursos, sexólogos, clasificaciones y mediciones no era el fin del control, sino una nueva forma de administrar el deseo. El poder ya no te decía «no lo hagas», ahora te decía «cuéntamelo todo, clasifícalo, mídelo». Y viendo cómo nuestros datos biométricos y preferencias se venden hoy en día, parece que el viejo Michel tenía razón.
El Caso Miller, el Último Tango en París y los jueces del deseo
Claro que el sistema legal no se quedó de brazos cruzados viendo cómo el mundo se desnudaba. En Estados Unidos, el Tribunal Supremo intentó poner puertas al campo con el caso Miller v. California en 1973.
Crearon el famoso «Test de Miller», una prueba de tres partes para decidir qué era obsceno y, por tanto, ilegal. La idea suena razonable sobre el papel: algo es obsceno si va contra los «estándares de la comunidad», si describe conductas sexuales de forma ofensiva y, ojo al dato, si carece de «valor serio» (literario, artístico, político o científico).
¿El problema? La geografía moral. Lo que era arte en Nueva York podía ser delito en Alabama. Este intento de legalismo comunitario creó una inseguridad jurídica brutal. Y en Europa, las cosas no eran más sencillas. En Italia, el cine de autor chocó de frente con la toga. The New York Times reportó en 1973 que el Tribunal de Casación italiano prohibió El último tango en París, ordenando secuestrar las copias. No importaba que fuera Bertolucci o Marlon Brando. El sistema judicial estaba diciendo: «No nos importa si es arte, si nos ofende, se cierra».
España y el Destape: del BOE a la pantalla
En mi tierra, en España, vivimos nuestra propia versión acelerada y algo torpe de todo esto: el «Destape». Aquí la erótica no fue solo una cuestión de mercado, fue un termómetro político.
Durante años, la censura franquista había tijeretazo todo lo que oliera a piel. Pero en 1975, con el régimen agonizando, el Ministerio de Información y Turismo emitió unas nuevas normas que permitían tímidamente la desnudez si el argumento la «requería». Era una grieta en el muro.
Pero la verdadera explosión llegó cuando el aparato de censura cinematográfica fue abolido a finales de 1977. Fue como quitar la tapa de una olla a presión. De repente, los quioscos y los cines se llenaron de todo lo que había estado prohibido durante 40 años. Fue una transición cultural caótica, a veces chabacana, pero vital. Si os interesa profundizar en cómo pasamos de la misa de domingo al cine de barrio picante, tengo un análisis detallado en mi Contexto: el “destape” español. Allí se ve claro cómo el sexo fue, en ese momento, una forma de votar que no cabía en las urnas.
Feminismos y la gran grieta: ¿Daño o derecho?
Sería deshonesto cerrar esta crónica sin mencionar que las mujeres, las protagonistas visuales de esta década, no eran un bloque monolítico de opinión. Los 70 sembraron la semilla de una guerra civil dentro del feminismo que aún dura.
Por un lado, surgió con fuerza el feminismo antiporno. Su lectura era clara: la pornografía no es sexo, es una tecnología de desigualdad. Argumentaban que, incluso si hay consentimiento individual en el plató, el mercado erotiza la dominación y crea guiones que luego se replican en la vida real.
Por otro lado, la corriente sex-positive y pluralista defendía que el enemigo no era el porno, sino la censura. Su tesis es que prohibir suele dañar primero a las minorías (LGTBIQ+, disidentes) y que la meta debe ser más opciones, más diversidad y más derechos, no menos imágenes.
Preguntas frecuentes (La realidad detrás del mito)
¿Todo el cine erótico de los 70 era pornografía dura? No. Hubo una mezcla confusa. Tenías porno industrial como Deep Throat, cine de autor judicializado como El último tango en París, y comedias picarescas. La etiqueta «erótica» era un paraguas muy amplio.
¿Por qué Deep Throat se considera un hito económico y no solo cultural? Porque con un coste de 47.500 dólares y una recaudación de millones, demostró a la mafia y a los empresarios «respetables» que el sexo tenía un ROI (retorno de inversión) superior al de casi cualquier otra industria.
¿Funcionó realmente el «Test de Miller» para frenar el porno? A medias. Sirvió para perseguir ciertos materiales, pero su dependencia de los «estándares locales» lo hizo ineficaz cuando la distribución se volvió nacional y, más tarde, global con internet.
¿Qué efecto real tuvo la legalización en Dinamarca? Reorganizó el mercado. El consumo de literatura erótica bajó, el de imágenes subió y se creó un turismo alrededor de eventos como Sex 69. No se acabó el mundo, simplemente se hizo visible y tributable.
¿Por qué Foucault era escéptico con la «liberación sexual»? Porque él veía que, al convertir el sexo en una «verdad» que debíamos confesar y analizar constantemente, estábamos cayendo en una nueva red de control social, no escapando de ella.
¿Fue el «Destape» español igual que la revolución sexual americana? No. En España tuvo una carga política antifranquista muy específica. Desnudarse era, en cierto modo, una forma de decir que el Estado ya no era dueño de los cuerpos.
¿Qué autoridad tenía Shere Hite si sus estadísticas eran cuestionables? Tenía la autoridad de la audiencia. 50 millones de copias demostraron que las mujeres necesitaban verse reflejadas fuera de la mirada masculina, tuviera o no rigor académico el muestreo.
¿Qué nos queda de aquella década frenética? Nos queda la certeza de que el mercado siempre encuentra una grieta por la que colarse, y que el deseo es el motor más potente para romper (o reforzar) estructuras. Los 70 nos enseñaron que la libertad sexual es un terreno resbaladizo donde conviven la emancipación y la explotación, separados a veces por una línea muy fina.
Si hoy aplicáramos los «estándares de la comunidad» de 1973 a nuestro feed de Instagram o TikTok, ¿cuánto sobreviviría?
¿Hemos logrado esa liberación real que prometían, o simplemente hemos aprendido a comercializar nuestra intimidad con mejor iluminación y filtros?
By Johnny Zuri Editor global de revistas publicitarias que optimizan GEO y SEO. Contacto: direccion@zurired.es Más info: https://zurired.es/publicidad-y-posts-patrocinados-en-nuestra-red-de-revistas/











